La vez que Plácido Domingo y el Duque de La Habana se encontraron

El Duque terminó regalándole una gorra al gran tenor y con una anécdota para enorgullecer a todos los cubanos
El Duque terminó regalándole una gorra al gran tenor
y con una anécdota para enorgullecer a todos los cubanos
Acá les reproduzco una anécdota, del colega Jorge Morejón, donde fue testigo, allá por el año 2000, de esas pequeñas cosas fuera del terreno y que no hace más que engrandecer la leyenda de Orlando el Duque Hernández, disfrútenla.


EL DUQUE DE LA HABANA

Por Jorge Morejón. 

El terreno del Shea Stadium de Nueva York era un enjambre de gentes. Minutos antes, los Yankees habían ganado la Serie Mundial del 2000 ante los Mets, en la llamada Serie del Subway. 

Los jugadores de los Yankees ya vestían camisetas y gorras con la leyenda que los acreditaba como campeones mundiales y festejaban junto a amigos y familiares.

El pitcher Orlando "El Duque" Hernández estaba rodeado por sus hijas y dos viejos amigos que el lanzador había traído de visita desde Cuba, cuando un personaje que no necesita presentación se le acercó y con humildad conmovedora le dijo en voz baja:



- "Duque, Duque, yo soy Plácido Domingo".

Tomado por sorpresa, El Duque se volteó hacia el tenor y sólo atinó a hacer una reverencia.

- "Maestro... ¡qué honor!".

Sin salir de su asombro y balbuceante, se quitó la gorra y se la ofreció.

- "Mire...tome mi gorra".



Plácido Domingo no quería aceptar tan simbólico regalo, pero el serpentinero insistió.

- "Ojalá un día yo pueda ir a un concierto suyo". 

El Duque se comportaba no como el pelotero de Grandes Ligas, cuyo salario anual superaba los seis dígitos, sino como el humilde ex jugador defenestrado por el régimen años antes y condenado a ganar unos 200 pesos cubanos como empleado del Hospital Psiquiátrico de La Habana.



- "Cuando quieras...serás mi invitado de honor", le respondió el tenor.

Se despidieron con un abrazo que resumió la admiración mutua entre dos grandes de mundos diferentes. 

Entonces, el artista capaz de deslumbrar auditorios con su cálida y potente voz, el gran Plácido Domingo, acostumbrado a codearse con la realeza europea, se fue luciendo en su cabeza la gorra de campeón mundial y le contaba luego a la gente que había conocido a Orlando Hernández, El Duque de La Habana.


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